Política

Deuda, proscripción y resistencia

Setenta años del ingreso al FMI

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El 20 de septiembre de 1956 la Revolución Fusiladora metía a la Argentina en el Fondo Monetario Internacional. Siempre de la mano de la proscripción, la deuda fue la protagonista de todas nuestras crisis. Nuestro programa: salir del Fondo, volver con Cristina.

por La Cámpora
20 sep 2026

Hace setenta años la Revolución Fusiladora consumó el ingreso efectivo de nuestro país al Fondo Monetario Internacional. Esta fecha, 20 de septiembre de 1956, no forma parte de las cronologías que los gorilas utilizan para periodizar la supuesta “decadencia argentina”, pero lo cierto es que, desde aquel momento, en todas las grandes crisis que vivimos estuvo el FMI metiendo la cola. Y también es verdad lo contrario: cuando no le debimos nada al Fondo, el país supo crecer con la gente adentro, de la mano de Néstor y Cristina.



Así que podemos establecer una causalidad bien directa. La condición para que el FMI “entre” es que el peronismo “salga”; o, dicho de forma más categórica, que el peronismo se encuentre proscripto. De hecho, ese mismo 20 de septiembre se cumplía un año exacto del día en que Perón se subió a una cañonera paraguaya para marchar rumbo a un exilio de casi dos décadas. La obsesión gorila con el calendario de efemérides llega por supuesto hasta nuestros días: todas las resoluciones y sentencias del juicio de Vialidad que condenó sin pruebas a Cristina, desde el alegato de Luciani al fallo de la Corte, fueron deliberadamente hechas en fechas sensibles de la historia del peronismo.

Fechas de persecución, fusilamientos y muerte.

El decreto por medio del cual los golpistas iniciaron formalmente las gestiones para ingresar al FMI había sido publicado el 19 de abril, acompañado por otro decreto que inhabilitaba para cargos gremiales a quienes habían ejercido representación sindical durante el gobierno de Perón. Esta violenta cruzada por desperonizar la sociedad argentina venía siendo llevada adelante con total empecinamiento desde la asunción de Pedro Eugenio Araumburu el 13 de noviembre de 1955. Apenas once días más tarde era disuelto el Partido Peronista masculino y femenino y en diciembre se intervinieron los principales sindicatos del país. 


El 5 de marzo de 1956 es firmado el infame decreto 4161, que proscribe hasta los nombres y las imágenes de Perón y Evita. Y al día siguiente se determina la inhabilitación electoral de todas las autoridades políticas partidarias del “régimen depuesto”. En otras palabras, para llegar al FMI primero había que limpiar de peronismo los partidos, las elecciones, la administración pública, los sindicatos, el Ejército, los medios de comunicación y hasta las paredes y los hogares mismos. Finalmente, el 27 de abril se dejó sin efecto la Constitución de 1949. Todo a tiro de decreto. 



Pero así como el ingreso al FMI es inescindible de la proscripción política, tampoco se explica sin mirar los resultados del plan económico. En los últimos días de octubre de 1955, el economista de la CEPAL Raúl Prebisch entregó al gobierno militar su “Informe Preliminar de la Situación Económica de Argentina”. Y en la primera oración, dice: “La Argentina atraviesa por la crisis más aguda de su desarrollo económico”. Un diagnóstico así de terminante reclamaba, naturalmente, medidas terminantes. Para poder ejecutar las reformas, el antiperonismo necesitaba desencadenar una represión brutal, que fue la que practicaron Aramburu y Rojas tras desplazar a Lonardi de la presidencia de facto. 


Toda la orientación económica de este sector, todas sus medidas, siguió como receta infalible las recomendaciones que Prebisch consideraba apremiantes: devaluación, reducción de controles cambiarios, apertura del comercio exterior, liberalización de precios, ajuste de las cuentas públicas, privatizaciones y, finalmente, endeudamiento. Otras sugerencias, que en el texto de Prebisch aparecen con mayor timidez, como que “sería indispensable que los grupos de altos ingresos contribuyan al sacrificio que requiere el programa de restablecimiento de la economía argentina”, los autoproclamados “libertadores” se olvidaron de aplicarlas.



De hecho, las consecuencias inmediatas del “Plan Prebisch”, como demostró Arturo Jauretche en su célebre y clarificador libro del mismo nombre, fueron una transferencia de ingresos entonces sin precedentes desde los sectores populares hacia el poder económico concentrado.



En cuanto al FMI, Prebisch planteaba que si la Argentina quería conseguir financiamiento del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, esto “significa necesariamente formar parte del Fondo Monetario. He criticado a su tiempo la rigidez de algunas de sus disposiciones y la carencia de perspectiva real que el Fondo ha tenido en sus primeras épocas. Pero la experiencia de diez años ha hecho de él una institución valiosa desde el punto de vista técnico, si bien sus atribuciones crediticias han probado ser un tanto limitadas”. 


Luego de los primeros ensayos, Prebisch entregó en enero de 1956 dos nuevos documentos: “Moneda sana o inflación incontenible” y “Plan de restablecimiento económico”. Frente al drástico aumento del costo de vida, reconocía el “coraje” de “llevar la moneda a un nivel compatible con la realidad”, pero agregaba que faltaba ese otro “coraje” de que las subas de sueldos tan postergadas “se cumplan a expensas del beneficio de los empresarios y mediante el incremento de la productividad”. Desde luego, la suba de la productividad que intentó el frondizismo dejó los salarios igual de rezagados, porque los beneficios de los empresarios no se tocaron. Pero donde sí le hicieron caso a Prebisch fue en el envío de misiones financieras a Estados Unidos y Europa para negociar empréstitos y en el ingreso de la Argentina al FMI y el BIRF, ya que por su no participación “se ve privada de dos fuentes muy sanas de crédito internacional destinadas a promover el desarrollo económico y la estabilidad monetaria”.



A partir de entonces los problemas de escasez de divisas que tenía el país pasaron a depender de la supervisión técnica de los burócratas de Washington, que frente a cada panorama de crisis ofrecían una porción mínima de “tiempo” a cambio de exigencias de reforma integral de nuestra economía. Un año después de haber ingresado al Fondo, el Departamento de Estado norteamericano señalaba en un informe que las reservas de oro y dólares del Banco Central habían caído pronunciadamente y de manera cada vez más acelerada. Y ese mismo escrito advertía que si no se adoptaba un programa de austeridad basado en la restricción del crédito, el equilibrio fiscal, una actitud más favorable hacia la inversión extranjera y una política cambiaria eficaz, la crisis sería terrible. Es decir: las medidas de ajuste y flexibilización que se venían tomando desde el Plan Prebisch no eran suficientes y había que implementar más, más y más… como en un pacto con el diablo.  


Antes de la gran crisis de 1958, el país ya había tenido que renegociar y aplazar con el FMI una obligación de recompra de los dólares que Argentina había requerido en abril de 1957. Mientras la merma de las reservas no cesaba y la producción disminuía, la inflación empezó a repuntar con fuerza. Así que Frondizi tuvo que acordar en diciembre, bajo Estado de sitio, un stand by con la condicionalidad económica de ejecutar un plan de estabilización de corte marcadamente antipopular y el respaldo, entonces secreto, del Plan Conintes, primer antecedente del Terrorismo de Estado. De nuevo devaluación, liberalización, eliminación de subsidios, aumento de precios… Pero la consecuencia más emblemática de estas medidas fue la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre y su toma por parte de los trabajadores y trabajadoras, con la solidaridad de todo el movimiento obrero, que decretó la huelga general durante cinco días. En el marco de esa pueblada que involucró a todo el barrio de Mataderos nació la consigna “Patria sí, colonia no”. A pesar del brutal desalojo con tanques de guerra, de los miles de despidos y de la final y fraudulenta privatización, quedó demostrado que si el Fondo se adueñaba del país mediante la proscripción de la fuerza política mayoritaria y su conducción, no por eso se vería libre de resistencia. 



Setenta años después, el FMI cogobierna la Argentina luego de ser traído por Macri y retenido por Alberto y Milei; el peronismo volvió a estar proscripto-con su conducción secuestrada en San José 1111 e inhabilitada de por vida-, y la crisis social y económica no deja de profundizarse. El 31 de enero de 2022,  en oposición al acuerdo negociado por Martín Guzmán, Máximo Kirchner renunció a la presidencia del bloque de diputados del Frente de Todos manifestando que “había que llamar a las cosas por su nombre” y “no hablar de una dura negociación cuando no la fue, y mucho menos hablar de ‘beneficios’”.  En efecto, las condicionalidades de este acuerdo llevaron a la crisis inflacionaria, cambiaria y de ingresos que derivó en el triunfo electoral de Javier Milei. 



Setenta años después, el FMI cogobierna la Argentina luego de ser traído por Macri y retenido por Alberto y Milei

En abril de 2022, luego de que se aprobara la refinanciación en el Congreso, nuestras compañeras y compañeros senadores presentaron dos proyectos de ley para que la deuda la paguen los que se la fugaron, en línea con lo que había pedido Cristina en la Plaza de Mayo el 10 de diciembre de 2021. La propuesta era levantar el secreto bancario y crear un impuesto a los fondos fugados, y de esa manera recuperar los dólares necesarios para afrontar la deuda. Pero ninguna de estas medidas fue acompañada por el gobierno y la deuda con el Fondo sigue apretando como soga al cuello las vidas de todos los argentinos y argentinas. Por eso Máximo presentó meses atrás un proyecto de ley para que la deuda con el Fondo Monetario Internacional no siga condicionando las posibilidades de desarrollo de nuestro país e impidiendo que los recursos públicos se inviertan en la educación, la salud, la vivienda, el trabajo, la cultura y el bienestar de nuestro pueblo. Porque la deuda tiene que ser reestructurada y los números tienen que cerrar con la gente adentro.


Mientras aquello no ocurra, todas las políticas económicas que prometen dar frutos tras un largo periplo de sacrificios y travesías en el desierto están destinadas al fracaso. Pero no por eso nos quedaremos de brazos cruzados. Como dijo Cristina en su discurso del 10 de junio de 2025 en las puertas del PJ-luego de que la Corte sentenciara su fusilamiento judicial, en homenaje a los fusilamientos de José León Suarez durante la madrugada del 10 de junio de 1956-, “me pueden meter presa, pero la gente cobra salarios de miseria o pierde el salario, me pueden meter presa pero las jubilaciones van a seguir sin alcanzar y no van a llegar a fin de mes. Me pueden meter presa, pero los medicamentos cada vez están más caros y más inaccesibles, no solamente para los jubilados, sino para cualquier compatriota. Me pueden meter presa, pero los padres van a seguir creyendo que sus hijos tienen derecho a comer cuatro comidas por día. Pueden hacer todo eso y no les va a servir. Tardará más o menos tiempo, pero lo digo hace tiempo, el pueblo finalmente es como un río, se le ponen piedras, se puede desviar el cauce, se pueden poner cosas, pero finalmente el agua se filtra y pasa”. 



Y el pueblo pasará, como pasó entre 2003 y 2015, cuando “sin recurrir al Fondo Monetario logramos que los trabajadores tuvieran los salarios más importantes de América Latina y los jubilados las jubilaciones”, cuando “era posible ahorrar y se llegaba a fin de mes”,  cuando “esa Argentina que quieren presentar como destruida fue una Argentina que lanzaba satélites al espacio, que habíamos logrado que 1200 científicos y científicas volvieran al país repatriados”. El pueblo no se resigna a vivir sin derechos, no se resigna a la proscripción. Vamos a salir adelante, con el FMI afuera de la Casa Rosada y con Cristina Presidenta.