Hace 50 años, un 17 de junio de 1976, Francisco “Paco” Urondo fue asesinado durante una emboscada policial en Mendoza. En ese mismo operativo de la dictadura también fue secuestrada su compañera Alicia Raboy (todavía continúa desaparecida) y la hija de once meses de ambos, Ángela, quien luego de ser apropiada pudo recuperar su identidad en los años 90.
Paco Urondo, oriundo de Santa Fe, fue uno de los poetas argentinos más importantes de la segunda mitad del siglo XX, además de novelista, periodista, crítico, guionista de cine y dramaturgo. Pero su obra como escritor, más allá de sus virtudes técnicas y renovadoras, es inescindible de su compromiso político y de su militancia en el peronismo. Porque Urondo siempre entendió la vocación por la poesía como una transición hacia otra realidad. Una transición que empieza por las nuevas sensibilidades, lenguajes y relaciones que el poeta percibe ahí donde parece que todo está quieto, que todo se pudre en su rigidez. “Es la poesía una experiencia que complica todos los aspectos de la existencia del poeta, que a su vez se hace cargo, a través de ella, de los temores y de las creencias de muchos; al menos de dos”, expresó en una ocasión.
Decía Urondo que lo único que no se puede transformar es la muerte, “absoluta sombra” y “eterno pliegue”. Perteneció a una generación que tuvo que codearse con la muerte como una posibilidad concreta. Hasta que Néstor y Cristina volvieron a cambiar la historia, la militancia estuvo proscripta en la Argentina. Militar por un país mejor era motivo suficiente para que el poder se sintiera justificado a matar. Sin embargo, eso no impidió que miles y miles de compañeros y compañeras, en abierta rebeldía, se sintieran justificados a vivir.
“No tengo
vida interior: afuera
está todo lo que amo y todo
lo que acobarda.
No tengo
vida interior: tengo
el gusto, un aire
que me viene de afuera.
No me llega
de lejos, sino de cerca,
de ahora,
y del recuerdo del presente.
La vida siempre
me rodea, va porfiando vivir”.
En otro lugar, declaraba que “sin jactancias puedo decir/que la vida es lo mejor que conozco”. No era para él la vida, sin embargo, la opción individualista por el hedonismo depresivo que el sistema pretende imponernos. La vida, pensaba Urondo, nunca nos pertenece del todo. A otros se la debemos, a otros se la damos. Y siendo la muerte la única realidad que no se puede transformar, la poesía y la militancia (si no son la misma cosa) osan interrumpir la certeza con un gran paréntesis.
“Quiero seguir viviendo, para que vivan a mi lado”, le canta el poeta a sus amigos muertos. Porque “no cantan los que nunca conocieron una esperanza”. Aunque nos falten fuerzas o tiempo para cumplir las hazañas que prometimos, siempre es posible seguir cantando. Y mientras sigamos cantando, seguiremos transitando los caminos que van del “misterio de la lengua” al “misterio de la gente”, que es como Juan Gelman, otro militante, otro poeta, definió la búsqueda de Paco Urondo.
Para Urondo, el secreto impulso que lleva a la poesía es la “necesidad de mover al mundo con algunas palabras”. En la misma línea, el Indio Solari señalaba: “Dicen que una canción no cambia al mundo, pero me consta que puede cambiarme a mí, al menos. Y si me cambia a mí, está cambiando al mundo de todos modos, de a un ser humano por vez”. Los paralelismos, desde luego, no terminan acá.
Porque cuando Paco afirma, frente a sus aduladores, que no es él sino el pueblo el poeta de la revolución, aclara enseguida: “pero el pueblo concreto, de persona a persona”. Por eso le gustaba citar esa frase de Lautreamont que reza que “la poesía debe ser escrita por todos”. Todos y todas tenemos algo para aportar. Y en una tierra ocupada, devastada, colonizada, como lo es la nuestra, como lo era la Argentina en la que vivió Urondo, la poesía sólo puede ser “una palabra en acción, revolucionando”.
De ahí que la poesía sea también un método de conocimiento y comunicación en una época dominada por la incomunicación. Tanto Urondo como Walsh, compañeros en Montoneros y el diario Noticias, llamaron a romper esa incomunicación, ese terror, mediante el uso de la palabra justa. Darle voz a los derrotados es la síntesis de todo su proyecto, desde los extensos poemas en los que Paco reconstruye la historia argentina a Operación Masacre y de Operación Masacre a La patria fusilada, el célebre reportaje que Urondo les hizo en la cárcel de Devoto a los sobrevivientes de Trelew, en vísperas de la asunción de Héctor Cámpora y la liberación de los presos políticos durante la noche del 25 de marzo de 1973. Fue en aquel testimonio que María Antonia Berger, luego secuestrada por la dictadura, contó haber escrito con su sangre en las paredes de la Base Aeronaval Almirante Zar la cifra L.O.M.J.E., “libres o muertos, jamás esclavos”.
No es casualidad que la mafia que actualmente gobierna el país haya elegido las fechas de esos dos fusilamientos para vender y consumar la proscripción de Cristina. El 22 de agosto de 2022 fue el alegato del fiscal Luciani, que inspiró a Fernando Sabag Montiel para gatillarle en la cabeza unos días más tarde. El 10 de junio de 2025, la Corte Suprema recordó la masacre de José León Suárez ratificando la condena contra Cristina, hoy presa y proscripta en San José 1111. Pero la causa de la libertad de Cristina es la causa del pueblo que sufre y padece las exigencias del Fondo Monetario Internacional y que ve deteriorarse sus condiciones de vida desde la noche en que Cristina dejó de ser presidenta.
Por eso no podemos cerrar este homenaje a Paco Urondo sin citar ese hermoso poema titulado “La verdad es la única realidad”, en el cual convergen la lucha de toda su vida y también la nuestra:
“Del otro lado de la reja está la realidad, de
este lado de la reja también está
la realidad; la única irreal
es la reja; la libertad es real aunque no se sabe bien
si pertenece al mundo de los vivos, al
mundo de los muertos, al mundo de las
fantasías o al mundo de la vigilia, al de la
explotación o de la producción.
Los sueños, sueños son; los recuerdos, aquel
cuerpo, ese vaso de vino, el amor y
las flaquezas del amor, por supuesto, forman
parte de la realidad; un disparo en
la noche, en la frente de estos hermanos, de estos
hijos, aquellos gritos irreales de dolor real de los torturados en
el angelus eterno y siniestro en una brigada de
policía cualquiera son parte de la memoria, no suponen
necesariamente el presente, pero pertenecen a
la realidad. La única aparente
es la reja cuadriculando el cielo, el canto
perdido de un preso, ladrón o combatiente, la voz
fusilada, resucitada al tercer día en un vuelo
inmenso cubriendo la Patagonia
porque las masacres, las redenciones, pertenecen a la realidad,
como la esperanza rescatada de la pólvora, de la inocencia
estival: son la realidad, como el coraje y la
convalecencia del miedo, ese aire que se resiste a volver
después del peligro como los designios de todo un pueblo que
marcha hacia la victoria o hacia la muerte, que tropieza, que aprende a
defenderse, a rescatar lo suyo, su realidad.
Aunque parezca a veces una mentira, la única
mentira no es siquiera la traición, es
simplemente una reja que no pertenece a la realidad.”